Levanto la
vista de las páginas para ver cuánto falta para llegar. Cuando intento volver a
leer me doy cuenta de que hace dos o tres párrafos que he perdido el hilo, y
decido rendirme. Guardo el libro y, al cerrar la mochila, noto los ojos de un
hombre apartándose rápidamente de mis manos. Quizá, pienso, ha reconocido el
libro y ha notado esa especie de conexión que ahora intuyo en mí mismo a pesar
de que el hecho de que hayamos compartido esas palabras no llegue a ser
siquiera una suposición. Pero no tiene pinta de leer; el chándal, el pelo
grasiento, las marcas en las mejillas y los pómulos. Tal vez buscaba en mi
mochila algo que valiera la pena poseer.
Inconscientemente,
para entretenerme durante el resto del trayecto, supongo, paseo la mirada entre
los pasajeros. Ningún par de ojos se cruza, ningún brazo roza otro si puede
evitarlo. Hay una chica con el pelo teñido de rojo que está sentada en el
asiento exterior, bloqueando el de al lado. Una señora se acerca y espera un
par de segundos a que la chica se mueva, sin atreverse a pasar por delante de
ella para llegar al asiento vacío.
El autobús
frena de golpe ante un semáforo, y mientras vuelvo a situarme noto un
movimiento en el aire a través del cristal a mi izquierda. Son palomas, quince
o veinte, que despegan a la vez huyendo de un niño y su abuelo y forman una
especie de nube gris. Pero hay algo extraño, una mancha blanca y roja que, de
algún modo, se funde casi a la perfección en la nube. Es una paloma blanca con
un ala rota que le ha ensangrentado el plumaje. Tengo un débil impulso que no
llego a comprender de bajar para mirarla más de cerca, pero el autobús arranca,
y yo vuelvo a mirar a los demás pasajeros, como buscando algo.
7 de abril de 2011
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