Los gatos
cruzaron el callejón tenuemente iluminado por una farola vieja.
Sus patas se
desplazaban inexistentes en la oscuridad.
Era difícil
contar cuántos eran, si es que realmente había alguno.
La calle
estaba vacía y la ciudad parecía muerta, el cadáver de lo que en algún momento
fue.
Y los gatos
gozaron como solían en noches como esa, dueños tranquilos de la nada.
22 de febrero de 2014
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