Se fue como vivió, estoico, sereno, parco. Seco, pero cariñoso a su manera. Su mente era pragmática o cerrada, tanto que ni permitió que entraran en ella las emociones que le habría generado confirmar la inevitabilidad de su muerte. Según mi madre, los médicos dijeron que si preguntaba sobre su pronóstico deberían decirle la verdad, pero nunca lo hizo.
No sé si lo
vi después de saber que la enfermedad era terminal. En cualquier caso, no me
quedé con la sensación de falta de cierre. Creo recordar que fui a visitarlo quizá seis
meses antes de su muerte. Había perdido su eterna y eternamente creciente
barriga y se le veía mucho más viejo, pero seguía siendo el abuelo, y nos alegramos
de vernos el uno al otro, aunque nunca hubiéramos sido muy cercanos. Dos
generaciones muy diferentes, cada uno de nosotros fiel reflejo de la suya.
Lo imagino
ahora en sus últimos días, con la cabeza a ratos lejos del mundo aparente,
delgado como el muerto que enseguida habría de ser, con los esfínteres
fallándole. Ese hombre orgulloso y taciturno, ese oso fuerte pero pacífico,
reducido por la ofensiva de su cuerpo contra él mismo.
Quizá pueda
aprender un poco de él y desechar esos recuerdos inventados en favor de los del
hombre que conocí. Como cuando mi hermano chutaba la pelota cuesta abajo en el
parque para verlo ir corriendo a recuperarla, o como cuando nos llamaba “Gorrión”
a mí y al resto de sus nietos. Quizá pueda y deba aprender también a hibernar.
3 de julio de 2014

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