martes, 21 de octubre de 2014

Al abuelo o El oso y el gorrión


Se fue como vivió, estoico, sereno, parco. Seco, pero cariñoso a su manera. Su mente era pragmática o cerrada, tanto que ni permitió que entraran en ella las emociones que le habría generado confirmar la inevitabilidad de su muerte. Según mi madre, los médicos dijeron que si preguntaba sobre su pronóstico deberían decirle la verdad, pero nunca lo hizo.

No sé si lo vi después de saber que la enfermedad era terminal. En cualquier caso, no me quedé con la sensación de falta de cierre. Creo recordar que fui a visitarlo quizá seis meses antes de su muerte. Había perdido su eterna y eternamente creciente barriga y se le veía mucho más viejo, pero seguía siendo el abuelo, y nos alegramos de vernos el uno al otro, aunque nunca hubiéramos sido muy cercanos. Dos generaciones muy diferentes, cada uno de nosotros fiel reflejo de la suya.

Lo imagino ahora en sus últimos días, con la cabeza a ratos lejos del mundo aparente, delgado como el muerto que enseguida habría de ser, con los esfínteres fallándole. Ese hombre orgulloso y taciturno, ese oso fuerte pero pacífico, reducido por la ofensiva de su cuerpo contra él mismo.

Quizá pueda aprender un poco de él y desechar esos recuerdos inventados en favor de los del hombre que conocí. Como cuando mi hermano chutaba la pelota cuesta abajo en el parque para verlo ir corriendo a recuperarla, o como cuando nos llamaba “Gorrión” a mí y al resto de sus nietos. Quizá pueda y deba aprender también a hibernar.


3 de julio de 2014

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