Héctor Saura
fumaba mucho menos de lo que le habría gustado, o gastaba en tabaco mucho más
de lo que le habría gustado, proporcionalmente hablando. No fumaba más de cinco
o seis cigarros al día –cinco entre semana, seis los días libres-, pero sólo se
quedaba con alrededor de un tercio de las cajetillas que compraba en la máquina
del bar que había frente a su bloque de pisos. El resto lo guardaba y lo tiraba
disimuladamente. Hasta ese año había gastado aproximadamente lo mismo, pero
había fumado tres veces más. La mayoría de las advertencias que el Gobierno
había hecho que se imprimiesen en las cajetillas hacían que una mezcla entre
miedo al dolor y una especie de sentido de deuda hacia su propia existencia le
impidiesen disfrutar de su hábito. En un principio sólo aceptó los recuadros
que rezaban “Fumar durante el embarazo perjudica la salud de su hijo”, “Ayuda
para dejar de fumar: consulte a su médico o farmacéutico” y “Fumar provoca el
envejecimiento de la piel”; no obstante, la asunción de que su ex novia no
volvería con él le permitió disfrutar de las doce caladas por cigarro a las que
acompañaba el mantra “Fumar puede reducir el flujo sanguíneo y provoca
impotencia”.
11 de abril de 2013
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