No voy mucho
a la playa, pero cuando lo hago me gusta nadar hasta que me quedo sin pulmones
y sin brazos. Entonces me tumbo boca arriba y dejo que el agua se me meta en
los oídos; así, las voces de la orilla no pueden entrar. Y me olvido de cómo
pensar, y soy incapaz de hacerlo aunque lo intente, porque el agua hace un
ruido extraño y porque estoy demasiado ocupado recuperando el aliento. Cuando
ya estoy lleno de aire, miro un momento hacia el horizonte, y después sigo a
las olas.
18 de agosto de 2010
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