domingo, 28 de diciembre de 2014

Vaciarme (Working title)

Lo que quiero es vaciarme entero
Ceder extractos arcanos de los libros de mis genes, de conjuros para revivir antepasados
Y verlos entonces blancos a tu luz
                                                                    constante, lunar.

Entregar daga y pistola
Y las burbujas en la sangre que pudieran guiarlas
Y yacer postrado ante tu filo.

Porque he visitado tabernas y bibliotecas de varios reinos cercanos
Cargo al cuello la talla pesada de una deidad de lo omnipotente y pequeño
Como las hojas o el agua de mar.

Beber del arroyo de tus dedos
Ser más yo y ser más agua
Refrescar hígado y costillas
Y no necesitar enjaular en ellas la mentira del alma.

28 de diciembre de 2014

martes, 21 de octubre de 2014

Al abuelo o El oso y el gorrión


Se fue como vivió, estoico, sereno, parco. Seco, pero cariñoso a su manera. Su mente era pragmática o cerrada, tanto que ni permitió que entraran en ella las emociones que le habría generado confirmar la inevitabilidad de su muerte. Según mi madre, los médicos dijeron que si preguntaba sobre su pronóstico deberían decirle la verdad, pero nunca lo hizo.

No sé si lo vi después de saber que la enfermedad era terminal. En cualquier caso, no me quedé con la sensación de falta de cierre. Creo recordar que fui a visitarlo quizá seis meses antes de su muerte. Había perdido su eterna y eternamente creciente barriga y se le veía mucho más viejo, pero seguía siendo el abuelo, y nos alegramos de vernos el uno al otro, aunque nunca hubiéramos sido muy cercanos. Dos generaciones muy diferentes, cada uno de nosotros fiel reflejo de la suya.

Lo imagino ahora en sus últimos días, con la cabeza a ratos lejos del mundo aparente, delgado como el muerto que enseguida habría de ser, con los esfínteres fallándole. Ese hombre orgulloso y taciturno, ese oso fuerte pero pacífico, reducido por la ofensiva de su cuerpo contra él mismo.

Quizá pueda aprender un poco de él y desechar esos recuerdos inventados en favor de los del hombre que conocí. Como cuando mi hermano chutaba la pelota cuesta abajo en el parque para verlo ir corriendo a recuperarla, o como cuando nos llamaba “Gorrión” a mí y al resto de sus nietos. Quizá pueda y deba aprender también a hibernar.


3 de julio de 2014

Aníbal en Altamira

El mono pinta en las paredes de su cueva. A la fuerza se ha convertido en un experto en carbón, arcilla, resina, grasa y mierda. No caza, sólo pinta; deja que otros hagan el trabajo y se excusa justificando como puede las torpes estrategias que sus dedos plasman torpemente. En realidad, los pigmentos que improvisa el mono son bastante malos; con los años la humedad los irá deshaciendo y sus compañeros comenzarán a sospechar que era un farsante. Pero no pasa nada; todos, incluido él, habrán muerto antes de que las pinturas se borren del todo.


4 de junio de 2014

The landmine maker

I don’t remember your voice.

I can’t picture your face if I don’t look at photographs
                                                                                                 And even then it’s hard.

I don’t know what color are your eyes –was it green?


All of that never really stuck in my mind. It is not what you are.


You are a feeling

A forest, a deep sea

You are the hound that makes the foxes run away

A landmine maker, forgotten killer of young and brave little soldiers

A sprouting tree –I’d say a baobab

The fourth or fifth shot of a hundred archers


A question mark trapped in my lungs

That moves with every breath
                                                               Slowly
                                                                              Without passion

That dies with every breath and is born with the next

Unaware it was ever there.

13 de mayo de 2014

Improvisación

Los gatos cruzaron el callejón tenuemente iluminado por una farola vieja.

Sus patas se desplazaban inexistentes en la oscuridad.

Era difícil contar cuántos eran, si es que realmente había alguno.

La calle estaba vacía y la ciudad parecía muerta, el cadáver de lo que en algún momento fue.

Y los gatos gozaron como solían en noches como esa, dueños tranquilos de la nada.


22 de febrero de 2014

Ayuda para dejar de fumar (Relato inacabado)

Héctor Saura fumaba mucho menos de lo que le habría gustado, o gastaba en tabaco mucho más de lo que le habría gustado, proporcionalmente hablando. No fumaba más de cinco o seis cigarros al día –cinco entre semana, seis los días libres-, pero sólo se quedaba con alrededor de un tercio de las cajetillas que compraba en la máquina del bar que había frente a su bloque de pisos. El resto lo guardaba y lo tiraba disimuladamente. Hasta ese año había gastado aproximadamente lo mismo, pero había fumado tres veces más. La mayoría de las advertencias que el Gobierno había hecho que se imprimiesen en las cajetillas hacían que una mezcla entre miedo al dolor y una especie de sentido de deuda hacia su propia existencia le impidiesen disfrutar de su hábito. En un principio sólo aceptó los recuadros que rezaban “Fumar durante el embarazo perjudica la salud de su hijo”, “Ayuda para dejar de fumar: consulte a su médico o farmacéutico” y “Fumar provoca el envejecimiento de la piel”; no obstante, la asunción de que su ex novia no volvería con él le permitió disfrutar de las doce caladas por cigarro a las que acompañaba el mantra “Fumar puede reducir el flujo sanguíneo y provoca impotencia”.


11 de abril de 2013

La paloma

Levanto la vista de las páginas para ver cuánto falta para llegar. Cuando intento volver a leer me doy cuenta de que hace dos o tres párrafos que he perdido el hilo, y decido rendirme. Guardo el libro y, al cerrar la mochila, noto los ojos de un hombre apartándose rápidamente de mis manos. Quizá, pienso, ha reconocido el libro y ha notado esa especie de conexión que ahora intuyo en mí mismo a pesar de que el hecho de que hayamos compartido esas palabras no llegue a ser siquiera una suposición. Pero no tiene pinta de leer; el chándal, el pelo grasiento, las marcas en las mejillas y los pómulos. Tal vez buscaba en mi mochila algo que valiera la pena poseer.

Inconscientemente, para entretenerme durante el resto del trayecto, supongo, paseo la mirada entre los pasajeros. Ningún par de ojos se cruza, ningún brazo roza otro si puede evitarlo. Hay una chica con el pelo teñido de rojo que está sentada en el asiento exterior, bloqueando el de al lado. Una señora se acerca y espera un par de segundos a que la chica se mueva, sin atreverse a pasar por delante de ella para llegar al asiento vacío.

El autobús frena de golpe ante un semáforo, y mientras vuelvo a situarme noto un movimiento en el aire a través del cristal a mi izquierda. Son palomas, quince o veinte, que despegan a la vez huyendo de un niño y su abuelo y forman una especie de nube gris. Pero hay algo extraño, una mancha blanca y roja que, de algún modo, se funde casi a la perfección en la nube. Es una paloma blanca con un ala rota que le ha ensangrentado el plumaje. Tengo un débil impulso que no llego a comprender de bajar para mirarla más de cerca, pero el autobús arranca, y yo vuelvo a mirar a los demás pasajeros, como buscando algo.


7 de abril de 2011

Nostalgia

Y, a pesar de todo, no puedo evitar pensar en aquellos paseos, en aquellos silencios que yo creía elocuentes, en aquellos silencios que en realidad había en tus palabras, y que también había en las mías. A pesar de ellos.

23 de diciembre de 2010

Agua

No voy mucho a la playa, pero cuando lo hago me gusta nadar hasta que me quedo sin pulmones y sin brazos. Entonces me tumbo boca arriba y dejo que el agua se me meta en los oídos; así, las voces de la orilla no pueden entrar. Y me olvido de cómo pensar, y soy incapaz de hacerlo aunque lo intente, porque el agua hace un ruido extraño y porque estoy demasiado ocupado recuperando el aliento. Cuando ya estoy lleno de aire, miro un momento hacia el horizonte, y después sigo a las olas.


18 de agosto de 2010

A/De Micah P. Hinson

Últimamente mi ordenador no funciona bien.

Hace un momento he intentado abrir el Word para escribir cualquier cosa y la canción que estaba escuchando se ha bloqueado

Y ha sonado la misma nota de piano no sé cuántas veces seguidas –no he querido contarlas.

No era un vacío. Lo peor es que no era un vacío. Era lo mismo, neutro, eternamente,

Y yo sabía que si continuaba se convertiría en algo, tal vez buena música,

Pero de momento sólo era la misma puta nota de piano, no sé cuántas veces seguidas.

Lo peor es que no sé cuántas veces seguidas.


19 de junio de 2010